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jueves, 4 de mayo de 2017

Fusiles y Balística de Efectos

Fusiles y Balística de Efectos

Por Cecilio Andrade

“El Universo no solo es más extraño de lo que pensamos, sino que es más extraño de lo que podemos pensar.” Así se expresó el genetista y biólogo evolutivo John B.S. Haldane. ¿Qué opinan? ¿Están de acuerdo? Piénsenlo con calma, no tengan prisa en contestarse a Ud´s mismos, tienen una vida por delante para ello. No hay prisa alguna.
En el mundo de las armas, del combate, la táctica, el tiro, resumiendo, del empleo de la violencia en general, sea ética y moralmente justificada o no, podemos hablar de un rosario de cuentas encadenadas. Cuentas multifacéticas sin duda alguna, más o menos poliédricas y pulidas, conformadas por mucha bisutería rodeando unas pocas piedras preciosas. Muy pocas.
La mayor parte de esa bisutería solo pretende adornar y no enriquecer, tal y como es común en cualquier bisutería. Sin duda esa frase les recordará a Don Calderón de la Barca cuando escribió aquellos versos casi religiosos, “… porque aquí a lo que sospecho no adorna el vestido el pecho, que el pecho adorna al vestido…” Hoy en día, sin pretender que es algo moderno ni exclusivo, tenemos muchos vestidos adornando pechos, con parches y velcro sobre todo, por no hablar de los que se portan en los brazos.
Aun así mucha de esa bisutería puede ser de gran utilidad para lograr comprender, comparar, analizar, deducir, y en definitiva para mejorar y evolucionar. De todos podemos sacar lecciones, de que hacer o de que no hacer, pero todas positivas si las aplicamos con la mente y la actitud adecuada. No recuerdo donde leí, ni he podido confirmar su autor de forma fidedigna, discúlpenme, “no hay nada tan inevitable como un error al que le ha llegado su momento”. Sin duda ya conocen mi particular forma de pensar respecto al error y al aprender de todos los que pasen por nuestra vida, ya sea la profesional o la personal. No descarten ninguna cuenta por no ser de perla certificada ni de piedra preciosa, grandes obras y joyas han pasado al mundo del arte y la belleza sin ser más que, en el fondo de sus materiales, simple bisutería. Mucha bisutería transmite belleza pese a estar construida con materiales de saldo y de ocasión. Muchos joyas son pura basura y engendros sin mayor valor que el material que las conforma. Así es nuestro “mundillo” de la violencia justifica.
No lo duden analicen todo con lupa de joyero, al detalle, al quilate. Vean los errores, conscientes o incosnscientes, asumiendo que de ellos podemos sacar sabias lecciones, y que los únicos errores que debemos evitar son aquellos que nos limitan la posibilidad de volver a intentarlo una vez más. Una y otra vez más, siempre.
Los errores enseñan, los propios si somos inteligentes, los ajenos si somos sabios. Todos los errores valen para algo, ni uno solo se sale de este sabio dicho popular. Y ya puestos en errores y en refranes, ¿conocen uno que dice? “Quien anda es quien tropieza, y no el que está en la cama a pata tiesa.” ¿Andan o están en la cama? El movimiento se demuestra andando, ya lo saben, pero andar implica arriesgarse a tropezar, algo que pocos están en condiciones de aceptar, y muchos menos de aprovechar.
A modo de homenaje y descargo para mi buen amigo Eduardo … dejaré el último refrán de esta entradilla, “¿Acertar errando? Sucede de cuando en cuando”.
El sabio saber popular… nunca me deja de asombrar.


Antes de empezar una aclaración técnica. Mis comentarios vertidos en este trabajo no hacen referencia a un tipo específico de tirador de arma larga. Es una generalización técnica sin entrar en detalles de especialiczación técnica, táctica, de arma ni de municiones específicas. Es un compendio general de principios de trabajo y análisis.
Aclarado el punto pasemos al “meollo” de trabajo.

Armas de fuego de “mano”.
Ser conscientes de la importancia de conocer la capacidad de las municiones, para con ello saber sacarles todo su rendimiento, es algo de sentido común. Ya saben, hablo de ese sentido tan poco común.
Desde el nacimiento de las armas de fuego “de mano”, se ha buscado formas de visualizar y mejorar mediante ensayos previos los efectos de una determinada munición y/o proyectiles. Animales, arcilla, sandías, garrafas o tetrabriks con líquidos coloreados de forma llamativa, y más recientemente la gelatina balística, son los medios con los que se ha buscado visualizar esos efectos físicos.
Pero por muy espectaculares que parezcan en esas masas inermes, el comportamiento sobre un blanco humano nunca es igual, ni estallan ni se deforman, pero sobre todo, nunca son 100 por cien predecibles, ni mucho menos repetibles.
Existen infinidad de expresiones, casi tantas como expertos en este mundillo tan especializado y especial, en relación con la capacidad más o menos lesiva y/o incapacitante de una munición determinada. Las más comunes, conocidas y repetidas, con seguridad las conocen, quizás son killing o stopping power, en inglés, y en castellano poder de detención, de incapacitación o de parada. Casi todos estos conceptos están basados en la energía que los proyectiles, las “balas”, poseen y/o transfieren al impactar en el blanco.
Hasta hace pocos años las pruebas no pasaban de ser simples anécdotas más o menos espectaculares, en base a sucesos sucesos aislados, amén de las necropsias posteriores. Acciones que muchas veces no explicaban nada de lo sucedido en el tiroteo real
Por cierto, a modo de camentario de “culturilla” me van permitir un pequeño inciso, o una nueva digresión tan típica en mi últimamente. En alguna que otra conferencia me han pretendido corregir este concepto, necropsia. En castellano no significa lo mismo que  en inglés. La necropsia, del griego clásico nekros, cadáver, y opsis, vista, según la Real Academia Española, es sinónimo de autopsia. Si bien es cierto que algunos médicos forenses consideran a la necropsia como la exploración física externa del cadáver antes de proceder con la apertura de cavidades. No se debe confundir con el término necropsy, en inglés, puesto que este término se refiere a un procedimiento científico veterinario a través del cual se estudia un cadáver animal para tratar de identificar la posible causa de muerte, así como la identificación del cadáver. En español, el término necropsia no solo sirve para nombrar al procedimiento en animales sino también en humanos, al igual que la autopsia.
Terminada la digresión continuemos con el tema central que nos ocupa.
Hoy en día la balística de efectos puede considerarse una rama fuerte y vigorosa de la ciencia balística. Dos grandes, y muy polémicos, todo hay que decirlo, expertos actuales en la misma son los autores del libro “Stopping Power”, Edward Sanow y Evan Marshall, ya con varias ediciones mejoradas y revisadas a sus espaldas. Aunque sus trabajos versan básicamente sobre municiones de arma corta, podemos encontrar algunos datos relevantes sobre munición de fusil.
Por cierto, debo ser honesto y comentar que discrepo sobre varios puntos de las teorías que defienden ambos autores en sus trabajos. Aunque son los pocos de discrepancia, todo hay que decirlo, por lo general los utilizo a modo de conraste, referente y base de trabajo.

Pioneros.
Haciendo un poco de Historia con una investigación mucho más específica, encontramos al Doctor francés Engene Luis Doyen. Dicho profesional realizó uno de los estudios sobre balística de efectos de armas largas más relevantes hasta el presente, convirtiéndose en una referencia casi obligada.
Comenzó recabando información comparativa sobre la Guerra de Crimea y la Guerra Franco-Prusiana, junto con ensayos realizados sobre el fusil Lebel y su especial cartucho. Ambos, arma y cartucho, fueron los primeros diseñados para el empleo de pólvora sin humo a nivel militar. El Dr. Doyen publicó en 1901 un estudio detallado y exhaustivo, abarcando tres periodos distintos de la evolución en la cartuchería. Para loo que a este reportaje se refiere me ceñiré al último periodo, el de los pequeños calibres. Lo haré así ya que es el más cercano al trabajo práctico, útil y, sobre todo, aplicable a la actualidad. Les dejo a su curiosidad y deseos de aprender la búsqueda del trabajo completo del Dr. Doyen.
En el periodo que nos ocupa, el de los pequeños calibres, las mayores presiones de las pólvoras sin humo, así como las velocidades incrementadas de salida y rotacionales, obligaron a encamisar completamente los proyectiles con un metal más duro que el plomo tradicional. Esto fue necesario tanto para evitar que el proyectil se saltase el estriado del cañón, como impedir que se desintegrase en su vuelo a causa de la enorme fuerza centrífuga desarrollada.
En este periodo distinguimos dos épocas bien definidas.
-       Periodo de las balas romas u ojivales.
-       Periodo de las balas agudas o aerodinámicas.

Las primeras provocaban bajas sin causar grandes heridas, llegando a ser denominadas, eufemísticamente, balas humanitarias. Siendo su poder de incapacitación bastante pobre, se buscó mejorar esto gracias a inventos tales como las balas dum-dum y adaptaciones similares. De todos es conocido que por sus efectos aparentemente explosivos fueron prohibidas en las Convenciones de Ginebra y de La Haya.
En cuanto a las balas agudas o aerodinámicas, al ahusarse perdían masa ganando velocidad traslacional. Todo ello hizo que generaran una enorme capacidad de perforación, casi a cualquier distancia de empleo eficaz. Cedían muy poca energía cinética al impactar, por lo que sus heridas eran relativamente poco graves a largas distancias. Eso sí, a cortas y medias distancias el efecto era muy distinto, observándose daños explosivos en órganos blandos, así como grandes cavidades traumáticas en masas musculares. Todo ello, en muchos casos, sin apenas deformación del proyectil.
Hoy, tiempo después de que el Dr. Doyen llevase a cabo sus estudios, casi todos los profesionales de las armas saben que según el tipo de proyectil que se emplee los efectos serán unos u otros. La distinción básica de blindada, semiblindada y punta hueca es bastante conocida, no siéndolo tanto sus efectos, consecuencias, ventajas y defectos específicos.
Todo proyectil produce, al impactar, algo denominada “cavidad permanente”. Que es, a modo de explicación muy suscinta, la trayectoria física dentro del objetivo hasta que lo atraviesa o se detiene. Según el tipo de proyectil del que se trate, generará una cavidad permanente más o menos gruesa. Dependiendo de la colocación del disparo o lo que es lo mismo, lo que dicha cavidad permanente atraviese, podremos deducir el daño sufrido así como el periodo de tiempo necesario para lograr la incapacitación total del blanco.
En este punto debemos tener en cuenta la potencia de penetración de la munición, dependiente de la distancia y medios a atravesar. Según una norma del FBI, son necesarios al menos 30 cm de penetración para lograr neutralizar efectivamente un blanco humano, algo que la munición de fusil, en condiciones normales, excede sobradamente.
El segundo efecto, que en el caso de los proyectiles hipersónicos no es producido por el proyectil físico en si mismo, sino por su onda de choque, es la denominada cavidad temporal. Esa misma que nos queda grabada en la memoria por la explosión de sandías, las deformaciones en objetos de arcilla o, la más llamativa y dramática, la observada en videos a camara lenta con gelatina balística. Se trata, básicamente, del resultado de una transferencia de energía en milésimas de segundo por esa onda de choque, en un medio relativamente fluido como es la carne humana.
Por desgracia, la mayor parte de los estudios actuales se realizan sobre armas cortas, pistolas y revólveres con características balísticas muy distintas a las de las armas largas, cuyos proyectiles poseen hasta diez veces más energía que las primeras, siendo por ello capaces de infligir daños exponencialmente mayores.
Se considera que para que un proyectil genere una onda de choque consistente debe desarrollar una velocidad superior a 600 m/s así como poseer forma aguzada. Bajo estas condiciones, el efecto de cavitación, o de hipervasación, puede ser lo suficientemente consistente como para provocar una cavidad temporal merced a su velocidad, potencia e instantaneidad, causando daños masivos y aparentemente explosivos.
Un buen ejemplo de esta apariencia, explosiva, fueron las denuncias formuladas durante la Gran Guerra de 1914-18 contra el Ejército británico. En ese periodo se produjo la sustitución de sus balas romas por las aguzadas, principalmente debido a motivos de ahorro en materiales estratégicos, dando la falsa impresión de que empleaban balas explosivas.

Diferentes objetivos mismas acciones.
Un tirador de arma larga, policial, militar, cazador, normalmente se mueve, localiza un objetivo, dispara, tras un periodo más o menos largo vuelve a moverse a una nueva posición, localiza un nuevo objetivo, vuelve a disparar, y así durante el tiempo que la misión, la situación táctica y las características del terreno lo permitan y/o exijan.
A nivel operativo se actuará principalmente frente a los potenciales objetivos, varios y distintos, rodeados de tiradores adversarios que siempre podrán moverse mucho más rápido que nosotros, que en algunos casos contarán con mayores medios de apoyo y con mejores conocimientos del entorno. Nuestra solidez psicológica será puesta a prueba, de forma continua y extensa en el tiempo. Como ya vimos en su momento, el más mínimo error colocará nuestra supervivencia en uno de los platillos virtuales de la balanza de la caprichosa Diosa Fortuna.
Debemos ser maestros del uso de todo parapeto posible, de pasar desapercibidos en toda situación, capaz de infiltrarnos o exfiltrarnos a través de las más eficaces líneas de vigilancia.
No importa que hablemos de tiradores de asalto, francotiradores o de cazadores civiles, conocedor estas técnicas y su empleo eficaz es fundamental para el éxito y, en muchos casos, la supervivencia personal. Alguno opinará que lo habitual no es eso. Que, por ejemplo,  una situación policial relativamente normal involucra a uno o dos sospechosos armados, que pueden haber asesinado o amenazar con ello, encontrándose parapetados tras una barricada y/o rehenes.
Para hacerles frente, el tirador policial buscará el ángulo y posición de tiro que le permita batir el objetivo de una forma eficaz y segura para terceros, ya sean rehenes o compañeros. No se preocupará del entorno más que para conseguir una buena posición de tiro, cómoda, con buen ángulo y una mínima capacidad de pasar desapercibido.
Ahora bien, pasemos el testigo a un francotirador, a un cazador, un oerador militar en zona boscosa o urbana, etc. ¿Detectan muchas diferencias de lo comentado en el párrafo anterior?

Aplicación de fuerza letal.
Esta es, si cabe, la principal y más importante cuestión para cualquier profesional armado, la forma de aplicar la fuerza letal.
Un soldado en combate, en una operación bélica convencional o especial, disparará sobre todo objetivo enemigo sea o no una amenaza directa para él, para sus compañeros o para civiles. Los convenios internacionales así lo contemplan y amparan.
En cambio un policía solo podrá hacer uso de esa fuerza cuando el objetivo sea una amenaza directa para él, para sus compañeros, para los rehenes o para los civiles del entorno.
Pero, el eterno pero, si al soldado del primer punto en lugar de una misión de combate se le asignara una de interposición y mantenimiento de la paz, ¿actuaría de la misma forma que comento al principio de este punto? ¿O actuará más como el compañero de la policía?
Según la legalidad vigente en la mayor parte de los países del mundo, un tirador policial, del tipo que sea, solo abrirá fuego si cuenta con la autorización expresa de su jefe operativo. No obstante, siempre hay situaciones en las que se le permite una pequeña zona de actuación, al margen de lo expresado, siempre en prevención de un daño mayor y, por supuesto, aplicando la mínima fuerza necesaria.
Aquí surge otro problema, en el ámbito legal, el tipo de municiones que puede emplear uno u otro tirador, civil, policial o militar. La policía en principio podrá recurrir a cualquier tipo de munición que garantice el cumplimiento eficaz de su misión, por ejemplo abatir un individuo armado que amenaza una o varias vidas, al cual hay que detener de forma instantánea en el peor de los casos.
Normalmente esas municiones no las selecciona el mismo agente, más bien le vienen definidas de instancias jerárquicas superiores. Podrá recibir, y emplear, munición semiblindada o incluso de punta hueca, munición con un alto coeficiente de parada del objetivo y baja sobrepenetración. De este modo logrará detener al malhechor sin correr riesgos de atravesarlo, algo más que probable que ocurra con la munición blindada, lo que genera el consiguiente riesgo de alcanzar a un civil o a un rehén que se encuentre detrás. Evidentemente, e insisto en ello, esa munición debe ser aprobada por el organismo correspondiente.
El militar tiene limitaciones mayores y más específicas, contrariamente a lo que se cree, en lo que respecta al uso de municiones de armas de mano. El Derecho Internacional de Conflictos Armados, en su capítulo 3, referente a limitaciones en la elección de medios y métodos, apartado 2, párrafo a, prohíbe el empleo por fuerzas militares en sus armas ligeras de todo tipo de proyectiles, salvo los completamente blindados. Ello lo corrobora el capítulo I, artículo 23, apartado E, de la Convención II de la Haya de 1899.
A modo de ejemplo, y de “culturilla” informativa sobre esta cuestión, en su momento surgió un problema jurídico internacional. Como comenté, con la munición semiblindada y de punta hueca la cuestión está clara, totalmente prohibido su empleo en operaciones militares. Ahora bien, la munición del tipo denominado Match, para francotiradores y tiradores selectos específicamante, posee un pequeñísimo agujero en su punta. Dicho “agujerito” generó el problema al ser usada por fuerzas norteamericanas en algunas operaciones. Este detalle estructural no fue pensado para buscar expansión o fragmentación del proyectil al impactar, sino por cuestiones mecánicas de fabricación en busca de municiones con la máxima precisión posible.
Por suerte para todos, tiradores, rehenes y personal a los que protegen, no creo que los receptores de los proyectiles se alegren de mi opinión, así fue entendido en una sentencia vinculante del Juez General US con fecha 12 de octubre de 1990, quedando autorizado el empleo de esta munición especial por los tiradores de precisión militares.
A veces hay buenas noticias.

El caótico mundo actual.
Evidentemente, un trabajo de las características del presente, por más extenso y preciso que sea, jamás podrá cubrir todas y cada una de las posibles situaciones tácticas a las que se enfrentan las Fuerzas Armadas y policiales en el actual contexto internacional.
Las misiones internacionales de mantenimiento de la paz pueden, y de hecho lo hacen, colocar a tiradores militares en funciones técnicamente policiales.
Así mismo, la extensión y capacidad del terrorismo internacional situa a las fuerzas policiales en muchas otras situaciones que hasta ahora se consideraban eminentemente militares, tanto por los objetivos, como por el entorno o por la misión en si misma.
Una de las cuestiones más importantes, a la hora de desplegar personal con armas largas, es el que deben conocer perfecta y completamente que capacidad poseen estas armas y sus municiones, así como que posibilidades tienen, con el entrenamiento específico recibido, de cumplir la misión asignada con efectividad y precisión.
El mundo actual exige del conocimiento especializado.
Debemos buscar estar sobradamente preparados para esa demanda.

Penetración necesaria versus penetración excesiva.
Para un tirador es, en muchos casos, fundamental que su munición atraviese cuanto se interponga entre su arma y el objetivo. Vidrios, puertas de vehículos, parapetos ligeros, puertas, tabiques, arboles, etc, son factibles de constituir barreras que impidan una actuación eficaz con determinados tipos de municiones. El cartucho estándar de fusil posee, normalmente, la energía necesaria para penetrar a través de estos impedimentos alcanzando con precisión y potencia suficiente el objetivo buscado.
Pero esa característica también genera un riesgo, la sobrepenetración, ya que el proyectil que puede atravesar ese parapeto también puede atravesar al blanco, alcanzando con fuerza letal suficiente a una tercera persona, como puede ser un civil, rehén o compañero, situado detrás.
Lo deseable, evidentemente, es disparar tan solo cuando tras el objetivo haya una zona segura. Por desgracia, esto no siempre es posible. De ahí que sea necesario conocer este fenómeno para poder minimizar o aprovechar sus capacidades, según el caso.
Existen tablas, normalmente militares, donde los fabricantes cada vez ofrecen más datos prácticos a los usuarios de sus productos. Entre otros muchos puntos sobre los que ahora se informa tenemos las capacidades de penetración para cada tipo de munición estándar o especializada. Con ellas es posible calcular de forma bastante exacta si los proyectiles pueden alcanzar con eficacia a un objetivo situado tras un obstáculo determinado.
Estas tablas permiten calcular correcciones para mejorar la precisión en su trayectoria balística, pero sólo ofrecen el número de cm´s de penetración de un determinado proyectil en unas condiciones determinadas. Y ahora viene la pregunta del millón de euros, quizás la más importante en el caso que nos ocupa, ¿el proyectil posee energía suficiente para neutralizar al objetivo?
Respecto a la primera cuestión, las leyes de probabilidad son concluyentes, es imposible repetir exactamente un disparo preciso cuando se interponen distintos medios físicos en su trayectoria. Únicamente será posible conseguir aproximaciones más o menos exactas dependiendo del material a atravesar.
La segunda cuestión es la más difícil de contestar. A las distancias normales de tiro, a través vidrios u obstáculos ligeros, un proyectil rápido de fusil no suele tener problema con la incapacitación más o menos inmediata del objetivo. Ahora bien, las dudas surgen cuando las distancias son mayores y/o el objetivo se encuentra mejor protegido.
Hoy en día no se ha podido establecer de forma 100% fiable la energía remanente real que posee un proyectil tras un vuelo muy largo, o después de atravesar un obstáculo más o menos sólido, cabiendo la posibilidad de que lo haga sin capacidad de lesionar, ni siquiera levemente, al objetivo.
Algo a tener en consideración cuando existen vidas de terceros en juego.

Municiones.
Haciendo uso de la gelatina balística, cámaras de alta velocidad y unos pocos cálculos matemáticos, podemos reproducir, analizar y estudiar de manera sumamente fidedigna y, sobre todo, contrastable, la actuación de los proyectiles sobre el cuerpo humano, así como algunos de sus efectos.
Veamos, a modo de ejemplo, como se comporta un proyectil de .308 Winchester.
A una velocidad inicial de 850 m/s en un cañón de 61 cm y un paso de estrías de 1:10, la bala abandona la boca de fuego rotando a más de 190.000 r.p.m.
Con esa velocidad rotacional junto con la de traslación, que supone varias veces la del sonido, alcanza el objetivo. En ese preciso instante, el del impacto, su camisa exterior comienza a frenar, pero no de igual forma su núcleo. Este hecho genera una inestabilidad que acaba provocando que el proyectil gire sobre su eje longitudinal a más de 3000 r.p.s. A consecuencia de ello se parte en dos trozos, como mínimo, sin necesidad de haya impactado en hueso alguno. Dichos trozos salen despedidos en sentidos divergentes.
Normalmente logramos recuperar los fragmentos principales a más de 50 cm de profundidad, el más ligero casi nunca a menos de 40 cm. Como podemos ver posee la capacidad de penetración suficiente según la norma del FBI.
Muy a grosso modo acabo de desarrollar lo que es el comportamiento general para este tipo de municiones, independientemente del calibre y diseño.

A modo de conclusiones
Los efectos debilitadores de un proyectil no pueden ser calibrados con total exactitud, pero sí es posible extraer algunas conclusiones importantes.
Las heridas más graves suelen ser las que menos dolor generan, quizás como medio defensivo interno del organismo, pero sin duda reducen las capacidades motoras de manera sensible.
Cualquier herida de fusil provoca una merma sustancial en las capacidades sensitivas, físicas y motoras. Algo a tener en cuenta cuando nos interesa reducir capacidades específicas de tipo ofensivo por parte del objetivo a neutralizar.
El impacto de un arma corta en el torso es raramente incapacitante mientras en una extremidad, por lo general, resulta masivo y destructor. Por el contrario, con un proyectil de alta velocidad de fusil, un impacto en el tórax neutraliza de forma casi instantánea al sujeto, mientras en un miembro es posible que apenas logre mermar sus movimientos, al atravesarlo casi limpiamente, obviamente si no ha alcanzado algún hueso.
Por desgracia, la capacidad de resistencia psíquica y física del ser humano, incluyendo a los menos honestos de la piara, su posible enajenación, drogadicción o protección balística, son imponderables a tener en cuenta. Imponderables que, como la propia palabra indica, implican cuestiones imposibles de evaluar. Lo cual nos dice que a pesar dicha imposibilidad no dejarán de estar presentes en cualquier actuación, por lo que no podremos evitar considerarlos y analizarlos.
Dos individuos sanos, sin rastros de droga en su organismo, ni cuadros de enajenación mental, sin protecciones físicas materiales, pueden reaccionar de forma tan distinta como que uno caiga de un solo disparo del calibre .22 LR en el hombro, y el otro necesite ser abatido de un disparo en la cabeza tras recibir varios del .223 Rem. en el tórax. Busquen en la red, encontrarán casos muy llamativos cuando menos.
Dentro de la Física Balística, con todas las subramas y apartados, solo la Balística de Efectos jamás será 100 por cien repetible, calculable y contrastable. Resultando siempre el ser humano quien tenga la última palabra, tanto en un lado como al otro de un arma de fuego.
El poder de la mente no entiende muchas veces de leyes físicas, como la historia se encarga de recordarnos y el profesional armado debe conocer.
No lo olviden.
Cuidense y cuiden de los suyos.


Centroamérica, Mayo 2017.

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